Estrés: qué es, cómo afecta a tu cuerpo y cuándo buscar Terapia.

El estrés crónico desgasta tu cuerpo y tu mente antes de que lo notes. El Psicólogo Edgar Guzmán Balderas, especialista en TCC y Terapias de Tercera Generación (ACT, RFT, DBT), explica su base biológica y cómo abordarlo. Atención en Toluca, Metepec y en línea en México y Latinoamérica.

DEPRESIONANSIEDADARTICULOS

Psicólogo Edgar Guzmán Balderas

8/19/202615 min read

Estrés: qué es, cómo afecta a tu cuerpo y cuándo buscar Terapia Cognitivo Conductual o Terapias de Tercera Generación

Resumen

El estrés es una respuesta biológica de adaptación, no un defecto de carácter. Cuando se activa de forma puntual, nos protege; cuando se mantiene activa semanas o meses, comienza a desgastar el cuerpo mediante un proceso llamado carga alostática. Este artículo explica la diferencia entre estrés agudo y crónico, su base neuroendocrina en el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HHA), cómo se relaciona con el trauma psicológico, y qué herramientas de evaluación e intervención existen desde la Terapia Cognitivo Conductual y las Terapias de Tercera Generación.

Palabras clave

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Psicólogo Edgar Guzmán Balderas
Especialista en Terapia Cognitivo-Conductual y Terapias de Tercera Generación

Más información en: https://psicologotolucaedgar.com/

Estrés: qué es, cómo afecta a tu cuerpo y cuándo buscar Terapia Cognitivo Conductual o Terapias de Tercera Generación

Introducción

Decimos "estoy estresado" con tanta frecuencia que la palabra perdió peso clínico. Pero el estrés no es una sensación vaga: es una cascada hormonal medible, con un propósito evolutivo concreto —movilizar recursos frente a una amenaza— y con consecuencias fisiológicas muy reales cuando ese sistema de emergencia no logra apagarse.

En el articulo <a href="https://psicologotolucaedgar.com/trauma-psicologico-que-es-y-como-afecta-al-cerebro">artículo anterior sobre trauma psicológico hablamos de cómo un evento abrumador puede dejar una huella duradera en el cerebro. El estrés crónico es, en muchos sentidos, el terreno donde esa huella se profundiza: no hace falta un evento traumático único para que el sistema nervioso quede atrapado en modo de alerta; basta con la exposición sostenida a demandas que superan nuestros recursos de afrontamiento. Entender el estrés desde su biología es, por tanto, el puente necesario entre el trauma y el agotamiento —incluido el que se vive en el trabajo, tema que abordaremos la próxima semana.

¿Qué es el estrés, clínicamente hablando?

El estrés es la respuesta del organismo ante una demanda —real o percibida— que se interpreta como superior a los recursos disponibles para afrontarla. Esta valoración es subjetiva: dos personas ante el mismo evento pueden experimentar niveles de estrés muy distintos según su historia, sus recursos psicológicos y su percepción de control sobre la situación.

Es importante distinguir el estrés de la ansiedad. El estrés suele tener un desencadenante identificable y externo (una fecha límite, un conflicto, una pérdida económica); la ansiedad puede persistir sin un objeto claro y suele incluir un componente anticipatorio más marcado sobre amenazas futuras. En la práctica clínica ambos fenómenos se solapan con frecuencia, pero diferenciarlos ayuda a dirigir mejor la intervención.

Estrés, ansiedad y depresión: ¿Cómo se diferencian?

En consulta es habitual que estos tres términos se usen como sinónimos, pero cada uno describe un fenómeno distinto, aunque frecuentemente coexisten y se retroalimentan.

  • Estrés: respuesta ante una demanda externa identificable (una carga de trabajo, un conflicto, un examen). Tiende a remitir cuando el estresor se resuelve o cuando mejoran los recursos de afrontamiento. No es, en sí mismo, un trastorno mental; es un proceso fisiológico normal que puede volverse patológico si se cronifica.

  • Ansiedad: se caracteriza por anticipación aprensiva ante amenazas futuras, muchas veces sin un desencadenante externo claro o proporcional. Puede aparecer como respuesta al estrés sostenido, pero también de forma independiente, con base genética y de temperamento. El DSM-5-TR agrupa los trastornos de ansiedad de forma separada de los trastornos relacionados con trauma y factores de estrés, precisamente porque, aunque comparten sustrato neurobiológico, sus mecanismos y criterios diagnósticos difieren.

  • Depresión: se caracteriza por un estado de ánimo persistentemente bajo, anhedonia (pérdida de interés o placer) y alteraciones cognitivas y neurovegetativas, con una duración mínima de dos semanas según los criterios diagnósticos. A diferencia del estrés, no depende de la presencia continua de un estresor externo: puede mantenerse incluso cuando las circunstancias externas mejoran.

La relación entre los tres no es casual: el estrés crónico no resuelto es uno de los principales factores de vulnerabilidad tanto para el desarrollo de trastornos de ansiedad como de episodios depresivos, especialmente en personas con antecedentes personales o familiares de estos cuadros. Cuando el estrés se relaciona con un evento vital identificable y genera un malestar clínicamente significativo, sin llegar a cumplir criterios de otro trastorno, hablamos de trastorno de adaptación, categoría que el DSM-5-TR ubica —igual que el trastorno de estrés agudo y el TEPT— dentro del capítulo de trastornos relacionados con trauma y factores de estrés. Esto confirma, desde la propia clasificación diagnóstica, que estrés y trauma comparten familia clínica.

Tipos de estrés

Más allá de la distinción agudo/crónico, es útil diferenciar:

  • Eustrés: término acuñado por Hans Selye para describir el estrés positivo, el que motiva, mejora el rendimiento y se percibe como manejable (por ejemplo, la activación antes de una presentación importante que se siente como reto y no como amenaza).

  • Distrés: la forma negativa del estrés, cuando la demanda supera los recursos percibidos de afrontamiento y genera malestar significativo.

  • Estrés agudo: respuesta puntual ante un estresor identificable, de corta duración, que se resuelve cuando termina la situación.

  • Estrés agudo episódico: episodios de estrés agudo que se repiten con frecuencia, típico de personas con estilos de vida caóticos o sobrecarga crónica de responsabilidades. Suele acompañarse de irritabilidad, hostilidad y una sensación permanente de estar "apagando incendios".

  • Estrés crónico: el más relevante clínicamente. Se mantiene durante semanas, meses o años, sin periodos suficientes de recuperación, y es el que se asocia de forma más consistente con mayor carga alostática, deterioro inmunológico, riesgo cardiovascular y vulnerabilidad a trastornos del ánimo.

Contextos en los que se presenta el estrés

El estrés no aparece en el vacío; suele estar anclado a un dominio concreto de la vida, y reconocer el contexto ayuda a dirigir mejor la intervención:

  • Laboral: cargas de trabajo excesivas, ambigüedad de rol, falta de control sobre las tareas, conflictos con jefaturas o compañeros. Es el contexto que, sostenido en el tiempo, da paso al burnout, tema del próximo artículo de esta serie.

  • Académico: exigencia de rendimiento, exámenes, transiciones escolares, presión familiar o social por resultados.

  • Familiar y de pareja: conflictos de convivencia, crianza, cuidado de familiares dependientes, procesos de separación.

  • Económico: incertidumbre financiera, deudas, pérdida de empleo; uno de los estresores con mayor impacto documentado sobre la salud mental.

  • Social y comunitario: inseguridad, violencia en el entorno, discriminación, aislamiento social.

  • De salud: enfermedad propia o de un familiar cercano, diagnósticos médicos, procesos de duelo anticipado.

Identificar el contexto predominante no solo orienta el plan de intervención, también ayuda a diferenciar un estrés situacional —que remite al modificarse las circunstancias— de un patrón de estrés crónico que la persona reproduce en distintos contextos, lo cual suele apuntar a esquemas de afrontamiento más arraigados y, en ocasiones, a experiencias tempranas de trauma o apego inseguro.

La conexión con el trauma psicológico

En el <a href="https://psicologotolucaedgar.com/trauma-psicologico-que-es-y-como-afecta-al-cerebro">artículo sobre trauma psicológico explicamos cómo un evento abrumador puede alterar de forma duradera la regulación del eje HHA y la reactividad de la amígdala. El estrés crónico no resuelto puede producir, con el tiempo, alteraciones muy similares, aun sin que exista un evento único identificable como traumático: la diferencia suele estar en la intensidad y en si la persona experimentó una amenaza a su integridad física o psicológica.

Esto explica por qué, clínicamente, el trastorno de estrés agudo, el trastorno de adaptación y el TEPT se agrupan en la misma categoría diagnóstica: representan distintos puntos en un mismo continuum de respuesta al estrés y al trauma, diferenciados principalmente por la naturaleza del estresor, su duración y la intensidad de la respuesta resultante. Comprender el estrés crónico es, por tanto, comprender una de las vías por las que el sistema nervioso puede llegar a un cuadro postraumático, incluso sin un "gran evento" de por medio.

La biología del estrés: el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal

Cuando el cerebro interpreta una situación como amenazante, se activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (eje HHA), uno de los principales sistemas mediadores de la respuesta al estrés junto con el sistema nervioso autónomo. El hipotálamo libera hormona liberadora de corticotropina (CRH), que estimula a la hipófisis para liberar ACTH; esta, a su vez, viaja hasta las glándulas suprarrenales y desencadena la producción de cortisol, la principal hormona del estrés.

En condiciones normales, este circuito funciona con retroalimentación negativa: el cortisol eleva sus niveles para movilizar energía y foco, y después señala al propio eje para que se apague. El problema surge cuando el estresor no cesa, o cuando el sistema pierde la capacidad de regularse: el eje HHA permanece activo, el cortisol se mantiene elevado —o, en algunos cuadros de estrés crónico severo, se vuelve paradójicamente insuficiente— y comienzan a aparecer alteraciones en el sueño, la memoria, el estado de ánimo y el sistema inmunológico. La investigación sobre neurobiología del estrés agudo y crónico ha documentado que la exposición repetida a hormonas de estrés modifica la actividad de estructuras como la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal medial, afectando funciones cognitivas como la memoria y la regulación emocional.

Este es exactamente el mismo circuito neuroendocrino implicado en el trauma psicológico: la diferencia no está en el mecanismo, sino en la intensidad, la duración y el contexto de la activación.

Carga alostática: el costo acumulado de adaptarse

Un concepto central para entender por qué el estrés crónico enferma es la carga alostática, propuesta por Bruce McEwen y Eliot Stellar en 1993. La alostasis es el proceso mediante el cual el cuerpo logra estabilidad a través del cambio: ajusta variables fisiológicas —presión arterial, glucosa, ritmo cardiaco, cortisol— para responder a las demandas del entorno. La carga alostática es el desgaste que se acumula cuando estos sistemas de adaptación se activan con demasiada frecuencia o durante demasiado tiempo, sin recuperación suficiente.

Dicho de forma sencilla: cada episodio de estrés bien resuelto se "paga" con descanso y regulación. Cuando el estrés es crónico y la recuperación no ocurre, la deuda fisiológica se acumula, y ese acumulado se traduce en mayor riesgo cardiovascular, alteraciones metabólicas, deterioro cognitivo y mayor vulnerabilidad a trastornos del estado de ánimo. Este marco explica por qué el estrés sostenido en el tiempo —incluido el estrés laboral, que retomaremos en el próximo artículo sobre burnout— no es simplemente "sentirse mal": es un proceso biológico acumulativo con consecuencias médicas documentadas.

Trastornos por estrés en el DSM-5-TR

El DSM-5-TR agrupa, dentro del capítulo "Trastornos relacionados con traumas y factores de estrés", una serie de cuadros que comparten un requisito diagnóstico común: la exposición explícita a un evento traumático o estresante. Conocer esta clasificación ayuda a entender dónde termina una respuesta normal de estrés y dónde comienza un cuadro que requiere intervención clínica:

  • Trastorno de estrés agudo (TEA): aparece dentro del primer mes tras la exposición a un evento traumático y dura entre 3 días y 4 semanas. Incluye recuerdos intrusivos, estado de ánimo negativo, síntomas disociativos, evitación e hipervigilancia. Si los síntomas persisten más de un mes, se reconsidera el diagnóstico hacia TEPT.

  • Trastorno de estrés postraumático (TEPT): mismo cuadro sintomático que el TEA, pero con una duración mayor a un mes; puede iniciar como continuación del TEA o presentarse de forma independiente, incluso con inicio demorado (6 meses o más después del evento). Es el tema que retomaremos en los últimos videos de esta serie.

  • Trastorno de adaptación: se desarrolla en respuesta a un estresor identificable —traumático o no— dentro de los tres meses posteriores a su aparición, con un malestar desproporcionado respecto al evento y deterioro en el funcionamiento social o laboral. A diferencia del TEA y el TEPT, no requiere que el estresor sea de naturaleza traumática: una pérdida de empleo, una mudanza o una ruptura pueden desencadenarlo. Suele remitir dentro de los 6 meses posteriores a la desaparición del estresor, aunque puede cronificarse si este persiste.

  • Trastorno de apego reactivo y trastorno de relación social desinhibida: diagnósticos exclusivos de la infancia, asociados a negligencia o cuidado insuficiente en los primeros años de vida; se mencionan aquí por completar la categoría, aunque exceden el alcance de este artículo.

Esta clasificación confirma, desde el propio manual diagnóstico, algo que ya adelantamos: el estrés mal gestionado y el trauma no son fenómenos aislados, sino puntos distintos de una misma línea, diferenciados principalmente por la naturaleza del estresor y por cuánto tiempo se sostienen los síntomas.

Esta misma lógica clínica tiene, en México, un correlato normativo directo en el ámbito laboral: la NOM-035-STPS-2018 retoma prácticamente la misma definición que el DSM-5-TR utiliza para el TEPT a través del concepto de acontecimiento traumático severo, y obliga a las empresas a identificar y canalizar a las personas trabajadoras expuestas a él. Profundizaremos en esta norma —su instrumento de identificación y sus obligaciones patronales— cuando cerremos la serie de trauma y TEPT en las próximas semanas.

Evaluación

Además de la entrevista clínica y el análisis funcional, contamos con instrumentos estandarizados que ayudan a objetivar el nivel de estrés percibido:

  • Escala de Estrés Percibido (PSS, Cohen, Kamarck y Mermelstein, 1983): el instrumento más utilizado internacionalmente para medir el grado en que las situaciones de la vida se perciben como impredecibles, incontrolables y sobrecargantes durante el último mes. Cuenta con versiones de 14, 10 y 4 reactivos, y ha sido validada en población de habla hispana, incluyendo estudios en México.

  • DASS-21 (subescala de estrés): útil para diferenciar sintomatología de estrés de la de depresión y ansiedad, que con frecuencia coexisten.

Ninguna escala sustituye la evaluación clínica, pero ofrece una fotografía objetiva del punto de partida y permite medir el progreso a lo largo del proceso terapéutico.

Modelos y herramientas de intervención

El modelo transaccional del estrés de Lazarus y Folkman

Antes de intervenir conviene entender por qué el mismo evento genera niveles de estrés tan distintos entre personas. El modelo transaccional del estrés, propuesto por Richard Lazarus y Susan Folkman (1984), explica el estrés no como una respuesta automática al estímulo, sino como el resultado de una transacción entre la persona y su entorno, mediada por dos procesos de evaluación cognitiva:

  • Evaluación primaria: la persona valora si la situación es irrelevante, positiva o amenazante para su bienestar ("¿esto representa un problema para mí?").

  • Evaluación secundaria: la persona valora los recursos de los que dispone para afrontar la situación ("¿tengo lo necesario para resolver esto?").

El estrés surge cuando, en esta transacción, la persona percibe que las demandas de la situación superan los recursos disponibles para afrontarla. Este modelo es clínicamente valioso porque desplaza el foco: no se trata solo de reducir el estresor externo, sino de trabajar sobre la evaluación que la persona hace de él y sobre el desarrollo de recursos de afrontamiento —ya sean centrados en el problema (actuar sobre la situación) o centrados en la emoción (regular la respuesta emocional que genera). La mayoría de las intervenciones basadas en evidencia para el manejo del estrés, incluidas la TCC y las Terapias de Tercera Generación, trabajan directa o indirectamente sobre uno o ambos tipos de evaluación.

Desde la Terapia Cognitivo Conductual

La TCC interviene principalmente sobre la evaluación primaria y secundaria del modelo de Lazarus y Folkman: ayuda a identificar distorsiones cognitivas que inflan la percepción de amenaza, y entrena habilidades concretas de afrontamiento centrado en el problema —reestructuración cognitiva, entrenamiento en solución de problemas, manejo del tiempo, técnicas de relajación aplicada— que amplían los recursos percibidos de la persona frente al estresor.

Desde las Terapias de Tercera Generación

Estas terapias no buscan eliminar el estresor ni corregir directamente la evaluación cognitiva, sino modificar la relación que la persona tiene con su propia experiencia interna. Cada una interviene desde un ángulo distinto:

Terapia de Aceptación y Compromiso.

Parte de la idea de que la lucha por evitar o controlar el malestar generado por el estrés suele aumentarlo. Interviene promoviendo la aceptación de las sensaciones y pensamientos asociados al estrés sin intentar suprimirlos, y trabaja la defusión cognitiva —tomar distancia de los pensamientos catastróficos en lugar de fusionarse con ellos—. El componente central es reorientar la conducta hacia los valores personales de la persona, incluso en presencia de malestar, en lugar de que la evitación del estrés dicte sus decisiones.

Terapia Dialéctico Conductual.

Aporta un conjunto estructurado de habilidades de regulación emocional, tolerancia al malestar, atención plena y efectividad interpersonal. Es particularmente útil cuando el estrés crónico ha erosionado la capacidad de autorregulación de la persona, generando reactividad emocional intensa o dificultad para tolerar la incomodidad sin recurrir a conductas impulsivas o evitativas.

Terapia Basada en Procesos.

En lugar de aplicar un protocolo fijo, identifica los procesos psicológicos específicos que mantienen el estrés en cada persona —evitación experiencial, rumiación, rigidez cognitiva, desconexión de valores— y selecciona las técnicas más adecuadas para intervenir sobre esos procesos concretos. Es el enfoque que usaremos como marco integrador en los videos sobre TEPT de las próximas semanas.

Teoría del Marco Relacional.

Es el fundamento conductual-contextual que sostiene a la Terapia de Aceptación y Compromiso; explica cómo el lenguaje y el pensamiento humano pueden amplificar el sufrimiento asociado al estrés a través de relaciones simbólicas (por ejemplo, un pensamiento sobre el futuro puede generar la misma activación fisiológica que la amenaza real). Comprenderla ayuda a entender por qué "pensar en el problema" puede mantener activo el eje HHA con la misma intensidad que el problema mismo.

En conjunto, mientras la TCC amplía los recursos de afrontamiento frente al estresor, las Terapias de Tercera Generación trabajan la relación de la persona con su propia respuesta al estrés, evitando que la lucha contra el malestar se convierta, en sí misma, en una fuente adicional de carga alostática.

Conclusión

El estrés no es debilidad ni falta de organización: es una respuesta biológica de adaptación que cumple una función protectora cuando es puntual, y que se vuelve dañina únicamente cuando se sostiene en el tiempo sin recuperación suficiente. A lo largo de este artículo vimos que el estrés no es un fenómeno homogéneo: existen formas positivas (eustrés) y negativas (distrés), variantes agudas, episódicas y crónicas, y contextos muy distintos —laboral, académico, familiar, económico, social y de salud— que determinan cómo se manifiesta en cada persona.

También vimos que el estrés no ocurre en un vacío biológico: se sostiene sobre el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, y su costo acumulado se mide a través de la carga alostática, un concepto que explica por qué el desgaste del estrés crónico termina expresándose en el cuerpo, no solo en el ánimo. Diferenciarlo de la ansiedad y la depresión, y ubicarlo dentro de la clasificación del DSM-5-TR junto al trastorno de estrés agudo, el trastorno de adaptación y el TEPT, permite entender que estrés y trauma no son categorías aisladas, sino puntos de un mismo continuum clínico.

El modelo transaccional de Lazarus y Folkman nos recuerda, además, que el estrés no depende únicamente del evento en sí, sino de cómo lo evaluamos y de los recursos que creemos tener para afrontarlo; y ahí es precisamente donde interviene la psicoterapia: la TCC ampliando esos recursos de afrontamiento, y las Terapias de Tercera Generación —Aceptación y Compromiso, Dialéctico Conductual, Basada en Procesos y la Teoría del Marco Relacional que las sustenta— trabajando la relación que tenemos con nuestra propia respuesta al estrés, para que la lucha contra el malestar no se convierta, en sí misma, en una fuente adicional de desgaste.

Este mismo circuito es el que, sostenido en el contexto laboral, da lugar al burnout, y el que, ante eventos abrumadores, puede evolucionar hacia cuadros de trauma y TEPT: temas que seguiremos desarrollando en las próximas semanas de esta serie.

Si sientes que el estrés se ha vuelto tu estado habitual y no una respuesta puntual, no tienes que esperar a que "se resuelva solo". Agenda una cita y evaluemos juntos tu situación desde un enfoque profesional basado en evidencia.

Referencias Bibliograficas

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